Jueves, 26 Enero 2017 12:43

‘Making a murderer’, el drama judicial de moda

Escrito por Anxo F. Couceiro
Valora este artículo
(5 votos)

La justicia y la televisión no han sido nunca disciplinas antagónicas, por más que una esté diseñada para hallar la verdad de las cosas y la otra para lo contrario

La ficción televisiva se ha nutrido del género judicial con enorme éxito, tanto en el ámbito de la comedia como en el drama. Desde Juzgado de guardia (1989-1992) hasta la prestigiosa The good wife (1999-), pasando por todas las creaciones de David E. Kelly, ex letrado que se especializó en escribir series de temática legal como Ally McBeal (1997-2002) o El Abogado (1997-2004), el espectador ha encontrado en los tribunales un contexto ideal para las narraciones episódicas. 

Si uno se pone a echar cuentas, le salen casi más series de abogados que de policías, y eso que los policías pueden hacer cosas más excitantes y aparentemente fotogénicas como matar gente, mientras que los abogados tienen que conformarse con gritar “¡protesto!” o decir “señoría, llamo al estrado a” (aquí es cuando se sacan de la manga un nombre muy impactante que nos hace estallar las palmas contra las mejillas y abrir la boca como si estuviéramos recitando las vocales y nos diera un ictus durante el transcurso de la “o”). Total, que el diablo convenció a Eva para que mordisqueara un alimento tan aparentemente insípido como la manzana (cosa diferente sería si la hubiera tentado con un pastel), y algo de diablo tienen todos los abogados en los adentros de sus negros corazones, pues con el mismo charme con el que derriten jurados han sido capaces de convencernos de que su universo de burocracia, togas, pelucas ridículas y latinajos tiene más erótica que el de un poli empuñando una nueve milímetros.

Sin embargo, de todo se cansa uno. Y poco a poco los tiempos nos llevan a introducir cambios. El más interesante que ha experimentado el género en los últimos años ha sido el de la introducción de Lo Real, ya sea con miniseries documentales como The Jinx (2015) o ficciones criminales inspiradas en hechos verídicos como el último hit de Ryan Murphy, American Crime Story: The people v. O.J. Simpson (2016). Pero hay una diferencia entre lo que es un éxito televisivo y lo que traspasa la frontera de la simple popularidad para convertirse en fenómeno, como le pasa a Making a murderer (2015). 

Momento del juicio
El juicio de Steven: uno de los momentos televisivos indiscutibles de esta década

Estrenada el 18 de diciembre de ese año, esta serie documental de Netflix ha alimentado de tal manera la paranoia online que existen subforos enteros de Reddit consagrados a desentrañar las claves pendientes del caso de Steven Avery, protagonista absoluto de la serie cuya mala estrella ha despertado tanta compasión como suspicacia. Nos situamos en Manitowoc County, donde Steven y su familia sobreviven como chatarreros en un ambiente white trash. Allí son considerados escoria, poco menos que delincuentes genéticamente condenados; impresión que se extiende al entendimiento de las autoridades locales, reveladas más tarde como una organización villanesca al estilo de HYDRA, Wolfram & Hart o El Sindicato. Esta estigmatización social da como resultado el procesamiento de Steven (y de su sobrino) por el asesinato de Teresa Halbach, una mujer que se convierte en el reverso de Laura Palmer: si a principios de los 90 queríamos saber quién había matado a la reina del baile de Twin Peaks, ahora anhelamos confirmar que el paleto número uno de Manitowoc no ha matado a Teresa.

Abogados defensores en la serie
Los buenos

Gran parte de los diez episodios que componen la única temporada de Making a murderer están centrados en el juicio a Steven y su sobrino, Brendan Dassey. Es aquí donde con mayor claridad se ponen de relieve los estereotipos narrativos que la hacen tan sugestiva. Por ejemplo, Brendan es una suerte de tonto del pueblo; el primer abogado de Steven, un pícaro a lo Saul Goodman; sus siguientes defensores, dos caritativas encarnaciones de Atticus Finch; y el fiscal Ken Kratz, el villano de la función.

Fiscal en la serie
El malo

Como drama judicial televisivo, el gran precedente es Paradise Lost: The Child Murders at Robin Hood Hills (1996). En este clásico de la HBO nos encontrábamos con un caso igual de truculento, pero su naturaleza era más prototípica, una TV-Movie documental de dos horas y media. Making a murderer, en cambio, se consume con la voracidad de una serie convencional, capítulo a capítulo, anhelando más. Apoyada en las características de su difusión por Netflix, cuyo sistema fomenta lo que se conoce como binge watching, cada episodio parece cerrarse con un cliffhanger más apetitoso que el anterior. No es nada fácil enganchar a toda una legión de espectadores con materia prima estrictamente fáctica. En ese sentido, la proeza técnica, documental y narrativa de sus directoras, Laura Ricciardi y Moira Demos, es olímpica. Ellas solas han sido capaces de perseverar en un trabajo que ha requerido años de esfuerzo, con el resultado de una implicación emocional tal vez algo cuestionable. Pero esto es lo de menos: al final, la importancia de su obra es que trasciende el juicio moral de sus personajes y acaba convirtiéndose en un diagnóstico crítico sobre el sistema judicial norteamericano.

 

Aviso-Spoiler (El resto de la crítica puede desvelar partes o la conclusión de la trama).

 

Al final, la inocencia de Steven (un punto que Ricciardi y Demos no consiguen probar del todo) es menos relevante que las dudosísimas garantías de su proceso penal (algo que sí llegan a poner en evidencia).  Es ésa la grandeza de su obra y el motivo de que a día de hoy sigamos discutiendo en foros ocultos de Internet si la policía implantó la sangre de Teresa en el coche de Steven, si la desasosegante confesión de su sobrino Brendan estuvo inducida, o si el abogado Dean Strang es un referente de la moda normcore

 

Anxo F. Couceiro. Periodista y crítico de cine y TV.

 

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.

Top